
R: Aún no me olvidado cómo se dice 'dinosaurio' en inglés: dainasor (fonéticamente).
K: ¡Oh! Me parece muy bien...
R: Ni tampoco cómo se dice 'dientes': tiiiif (fonéticamente).
K: Yep, suena bien...
R: Ahora dime cómo se dice 'jamón'...
K: Jajajaja, eres un caso.
Entre animales extintos, partes del cuerpo, juguetes y comida he estado tratando de enseñar inglés a un niño de siete años. A pesar de tener casi tres años de experiencia en pedagogía del Inglés como segunda lengua, no me había enfrentado a un reto tan interesante como el que ahora traigo entre manos. Esta interacción, felizmente, me ha permitido observar algunos puntos fascinantes relacionados con la adquisición de una segunda lengua y que hasta ahora sólo conocía teóricamente.
Los niños tienen mayor facilidad que los adultos para aprender un segundo idioma.
Es sorprendente la cantidad de palabras que un niño puede aprender en tan corto tiempo, en especial si éstas se usan en un contexto que resulte significativo para el menor. Contrariamente, mi experiencia trabajando con jóvenes y adultos me permite decir que éstos tienden a 'olvidar' lo que han aprendido a pesar de que su aprendizaje se haya dado en un contexto significativo. Probablemente haya otras variables que contribuyan a esta 'retención fallida' de palabras y conceptos, pero me queda claro que los niños tienden a retener y recuperar información más fácilmente que los adultos.
Desde una perspectiva teórica, Lenneberg (1967) propuso que existe un periodo crítico para la adquisición del lenguaje materno (dos años-pubertad). Si lo anterior no sucediese, sería (casi) imposible que el niño adquiriese el lenguaje al mismo nivel que un niño normal lo hace; en realidad, ni siquiera podrían compararse. Para muestra de tal efecto podemos recordar el caso de 'Genie' en 1970, quien pasó casi sus primeros 13 años de vida reclusa en una habitación pequeña como consecuencia del abuso de su padre. La niña, entre muchas otras problemáticas, carecía de lenguaje y sólo producía algunos gruñidos y aullidos. Tras ser 'rescatada' por los servicios sociales de EEUU, se le intentó enseñar a hablar sin mucho éxito (Curtiss, 1977); Genie ya había alcanzado la pubertad. Durante las pasadas cuatro décadas, muchos estudios como el de Johnson & Newport (1989) demuestran que la hipótesis anterior también puede aplicarse a la adquisición de una segunda lengua. Variables como la edad, calidad del idioma, interferencia de su lengua materna y motivación no han sido factores que expliquen el por qué los niños tienen tal ventaja sobre los adultos.
Los niños tienen mayor facilidad para captar los sonidos de los distintos idiomas.
Tengo la fortuna de contar con varios 'gadgets' que me sirven para mis actividades cotidianas, siendo uno de ellos el iPad (Apple). En ocasiones utilizo pequeñas aplicaciones en este aparato para apoyar mis prácticas pedagógicas, lo que he hecho repetidamente en mi trabajo con este niño. Tras presentarle un 'juego' en el que el niño debe asociar las letras del abecedario con sus respectivos fonemas, pude observar con asombro que él produce los sonidos que se le presentan de manera muy natural. Habiendo vivido en EEUU, pude notar que la producción fonética de este niño es muy similar a la que pude escuchar en menores de edad similar en dicho país; sorprendentemente, su instrucción formal ha sido casi nula.
Investigaciones sobre la adquisición fonética de los idiomas arrojan que ésta ocurre cuando el niño es pequeño (Johnson & Newport, 1989). Al parecer, conforme vamos creciendo perdemos la capacidad de diferenciación de sonidos. Si alguna vez han tenido curiosidad de escuchar a un japonés hablar inglés o español, seguramente habrán notado que éste no puede diferenciar los fonemas de las letras 'r' y 'l'. Según parece, los bebés japoneses pierden esta capacidad tras cumplir el año de vida, razón por la cual se les dificulta aprender la fonética de los idiomas que sí hacen distinción entre los fonemas antes mencionados. Ejemplos como el anterior abundan incluso para el español: los latinoamericanos no hacemos distinción entre los fonemas de las letras 'c', 's', y 'z'; los españoles y los angloparlantes, sí.
Los puntos anteriores representan tan sólo un par de ejemplos que me han puesto a reflexionar sobre el aprendizaje de una segunda lengua. Me siento privilegiado de poder observar el proceso de adquisición desde tres aristas diferentes: 1) la del niño, 2) la mía como maestro, y 3) la mía como autodidacta (actualmente estudio francés, italiano y sueco). Seguramente no pasará mucho tiempo para que este niño me sorprenda nuevamente con sus ocurrencias, así que espero poder escribir más sobre éste y otros temas interesantes.
K: ¡Oh! Me parece muy bien...
R: Ni tampoco cómo se dice 'dientes': tiiiif (fonéticamente).
K: Yep, suena bien...
R: Ahora dime cómo se dice 'jamón'...
K: Jajajaja, eres un caso.
Entre animales extintos, partes del cuerpo, juguetes y comida he estado tratando de enseñar inglés a un niño de siete años. A pesar de tener casi tres años de experiencia en pedagogía del Inglés como segunda lengua, no me había enfrentado a un reto tan interesante como el que ahora traigo entre manos. Esta interacción, felizmente, me ha permitido observar algunos puntos fascinantes relacionados con la adquisición de una segunda lengua y que hasta ahora sólo conocía teóricamente.
Los niños tienen mayor facilidad que los adultos para aprender un segundo idioma.
Es sorprendente la cantidad de palabras que un niño puede aprender en tan corto tiempo, en especial si éstas se usan en un contexto que resulte significativo para el menor. Contrariamente, mi experiencia trabajando con jóvenes y adultos me permite decir que éstos tienden a 'olvidar' lo que han aprendido a pesar de que su aprendizaje se haya dado en un contexto significativo. Probablemente haya otras variables que contribuyan a esta 'retención fallida' de palabras y conceptos, pero me queda claro que los niños tienden a retener y recuperar información más fácilmente que los adultos.
Desde una perspectiva teórica, Lenneberg (1967) propuso que existe un periodo crítico para la adquisición del lenguaje materno (dos años-pubertad). Si lo anterior no sucediese, sería (casi) imposible que el niño adquiriese el lenguaje al mismo nivel que un niño normal lo hace; en realidad, ni siquiera podrían compararse. Para muestra de tal efecto podemos recordar el caso de 'Genie' en 1970, quien pasó casi sus primeros 13 años de vida reclusa en una habitación pequeña como consecuencia del abuso de su padre. La niña, entre muchas otras problemáticas, carecía de lenguaje y sólo producía algunos gruñidos y aullidos. Tras ser 'rescatada' por los servicios sociales de EEUU, se le intentó enseñar a hablar sin mucho éxito (Curtiss, 1977); Genie ya había alcanzado la pubertad. Durante las pasadas cuatro décadas, muchos estudios como el de Johnson & Newport (1989) demuestran que la hipótesis anterior también puede aplicarse a la adquisición de una segunda lengua. Variables como la edad, calidad del idioma, interferencia de su lengua materna y motivación no han sido factores que expliquen el por qué los niños tienen tal ventaja sobre los adultos.
Los niños tienen mayor facilidad para captar los sonidos de los distintos idiomas.
Tengo la fortuna de contar con varios 'gadgets' que me sirven para mis actividades cotidianas, siendo uno de ellos el iPad (Apple). En ocasiones utilizo pequeñas aplicaciones en este aparato para apoyar mis prácticas pedagógicas, lo que he hecho repetidamente en mi trabajo con este niño. Tras presentarle un 'juego' en el que el niño debe asociar las letras del abecedario con sus respectivos fonemas, pude observar con asombro que él produce los sonidos que se le presentan de manera muy natural. Habiendo vivido en EEUU, pude notar que la producción fonética de este niño es muy similar a la que pude escuchar en menores de edad similar en dicho país; sorprendentemente, su instrucción formal ha sido casi nula.
Investigaciones sobre la adquisición fonética de los idiomas arrojan que ésta ocurre cuando el niño es pequeño (Johnson & Newport, 1989). Al parecer, conforme vamos creciendo perdemos la capacidad de diferenciación de sonidos. Si alguna vez han tenido curiosidad de escuchar a un japonés hablar inglés o español, seguramente habrán notado que éste no puede diferenciar los fonemas de las letras 'r' y 'l'. Según parece, los bebés japoneses pierden esta capacidad tras cumplir el año de vida, razón por la cual se les dificulta aprender la fonética de los idiomas que sí hacen distinción entre los fonemas antes mencionados. Ejemplos como el anterior abundan incluso para el español: los latinoamericanos no hacemos distinción entre los fonemas de las letras 'c', 's', y 'z'; los españoles y los angloparlantes, sí.
Los puntos anteriores representan tan sólo un par de ejemplos que me han puesto a reflexionar sobre el aprendizaje de una segunda lengua. Me siento privilegiado de poder observar el proceso de adquisición desde tres aristas diferentes: 1) la del niño, 2) la mía como maestro, y 3) la mía como autodidacta (actualmente estudio francés, italiano y sueco). Seguramente no pasará mucho tiempo para que este niño me sorprenda nuevamente con sus ocurrencias, así que espero poder escribir más sobre éste y otros temas interesantes.
